12 de Marzo de 2026
![]() | Dr. José Luis Soto Ortiz Tecnología y humanismo |
| | 11 Mar 2026 - 15:31hrs
Recuerdo mi primer Blackberry como una especie de pase de entrada a una nueva forma de vida. En ese momento me parecía algo útil, incluso necesario: por fin podía estar en comunicación constante con mis jefes, responder correos de inmediato y atender cualquier asunto sin importar dónde estuviera. Tener ese aparato en la mano me hacía sentir eficiente, disponible, conectado. Con el tiempo entendí que también significaba otra cosa: ya no había una frontera clara entre el trabajo y el resto de mi vida. La comunicación dejaba de ser una herramienta para convertirse en una exigencia permanente.
Posterior a ello vino WhatsApp, y el cambio fue todavía más profundo. Si el Blackberry había ampliado la jornada laboral, WhatsApp terminó por borrar casi por completo la distancia entre lo urgente y lo cotidiano, entre lo personal y lo profesional. Ya no se trataba solo de responder correos, sino de estar localizable a toda hora, en cualquier grupo, en cualquier conversación, bajo la expectativa de contestar casi de inmediato. La comunicación se volvió más rápida, pero también más invasiva. Lo que antes podía esperar, ahora parecía exigir respuesta en el momento.
Esa transformación ayuda a entender algo que hoy parece normal: nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos y, sin embargo, pocas veces había sido tan difícil hacerlo con calma y profundidad. Vivimos rodeados de mensajes, notificaciones, audios y respuestas inmediatas. Todo circula rápido: la información, las opiniones, las emociones. Pero esa velocidad, que parece una ventaja, también ha transformado la comunicación en una experiencia tensa, fragmentada y agotadora.
Jonathan Haidt (The Anxious Generation) ha insistido en que la expansión de los teléfonos inteligentes y las redes sociales no solo modificó los hábitos de los más jóvenes, sino también la forma en que todos aprendimos a relacionarnos: bajo estímulos constantes, atención fragmentada y una expectativa de disponibilidad permanente. La ansiedad aparece justo ahí, en esa obligación silenciosa de no desconectarse nunca. Hartmut Rosa (Social Acceleration: A New Theory of Modernity) sostiene que la modernidad acelera todos los ritmos de la vida, y esa aceleración también afecta la forma en que nos vinculamos: hablamos más rápido, escuchamos menos y procesamos peor lo que sentimos.
A esto se suma un problema más profundo: hemos confundido conexión con comunicación. Sherry Turkle (Reclaiming Conversation) advierte que la tecnología ha multiplicado el contacto, pero ha debilitado la conversación como espacio de escucha, atención y encuentro. En lugar de conversar, muchas veces solo administramos intercambios. Respondemos, reaccionamos, enviamos señales. Pero comprender al otro exige tiempo, y el tiempo se ha vuelto uno de los bienes más escasos de nuestra época. Edwin Hutchins (Cognition in the Wild) permite ver que la comunicación no depende solo de individuos, sino también de los entornos y herramientas que organizan nuestras prácticas. Hoy esos entornos están dominados por dispositivos y plataformas que moldean nuestra atención, nuestros tiempos y hasta nuestras expectativas afectivas.
Por eso, hablar de comunicación en la sociedad de la ansiedad es hablar de una forma de vida que premia la rapidez sobre la escucha y la reacción sobre la reflexión. Tal vez el problema no sea que nos falten medios para comunicarnos, sino que nos falta espacio interior para hacerlo. Y entonces quedan algunas preguntas: ¿todavía sabemos conversar o solo sabemos responder? ¿Estamos realmente más cerca de los otros o solo más expuestos a ellos? ¿Qué perdemos cuando la comunicación ya no crea encuentro, sino solo disponibilidad?.