02 de Julio de 2026

T-MEC, la incertidumbre también puede ser una estrategia

Mtro. Carlos Miguel Acosta Bravo
Impronta

| | 02 Jul 2026 - 07:58hrs

Durante años, el T-MEC fue presentado como la mayor garantía de estabilidad económica para América del Norte. Su existencia permitió que miles de millones de dólares llegaran a México bajo la premisa de que las reglas del comercio permanecerían relativamente estables durante largos periodos. Sin embargo, la decisión de Estados Unidos de mantener vigente el acuerdo, pero sujetarlo a revisiones o renegociaciones anuales, cambia por completo esa lógica.


No se trata de cancelar el tratado. Tampoco de romper la integración económica construida durante más de tres décadas. Lo que cambia es algo mucho más valioso para cualquier inversionista: la certeza.


Y en economía, la incertidumbre también puede convertirse en una herramienta de política pública.


Washington parece haber entendido que no necesita abandonar el T-MEC para proteger su economía. Basta con sembrar dudas sobre el futuro de las reglas comerciales para que muchas empresas reconsideren dónde instalar su próxima planta. Una inversión de miles de millones de dólares no se decide pensando en el siguiente año, sino en los próximos veinte o treinta. Si cada doce meses existe la posibilidad de modificar reglas de origen, contenido regional, política energética o condiciones laborales, la prudencia terminará imponiéndose sobre el entusiasmo.


Ese parece ser precisamente el objetivo.


Estados Unidos enfrenta una creciente presión para recuperar empleos industriales, fortalecer su manufactura y reducir la dependencia de cadenas de suministro ubicadas en el extranjero. En ese contexto, generar incertidumbre fuera de sus fronteras puede convertirse en un incentivo indirecto para que las inversiones regresen a territorio estadounidense.


No hacen falta prohibiciones. No es necesario romper el tratado. Basta con elevar el riesgo.


Para México, el problema no es únicamente económico. También es político.


Cada revisión anual podría transformarse en una negociación permanente donde el comercio deje de discutirse exclusivamente en términos económicos y se mezcle con temas como migración, seguridad fronteriza, combate al narcotráfico, política energética o incluso la presencia de capital chino en territorio mexicano.


En otras palabras, el T-MEC podría evolucionar de un acuerdo comercial hacia un mecanismo constante de presión política.


La pregunta entonces es inevitable: ¿qué margen de maniobra tendrá México cuando cada año dependa de una nueva negociación?


El llamado "nearshoring", que tantos beneficios prometía para la economía mexicana, también podría comenzar a perder fuerza. Durante los últimos años, México se convirtió en uno de los destinos favoritos para la relocalización de empresas precisamente porque ofrecía cercanía con Estados Unidos y un marco jurídico relativamente estable. Si esa estabilidad desaparece, otros países comenzarán a competir con mejores argumentos.


Costa Rica, República Dominicana, algunos mercados asiáticos e incluso varias regiones de Estados Unidos podrían captar inversiones que originalmente estaban destinadas a México.


Quizá las empresas no abandonen el país de inmediato. Lo más probable es algo más silencioso, proyectos que se posponen, expansiones que nunca llegan y nuevas inversiones que simplemente eligen otro destino.


Ese tipo de decisiones no genera titulares espectaculares, pero sí termina reflejándose en el crecimiento económico y en la generación de empleos.


A ello se suma otro riesgo, la volatilidad financiera. Los mercados reaccionan con rapidez cuando perciben incertidumbre. Un peso más sensible a las noticias, mayor cautela entre inversionistas y un incremento en las primas de riesgo serían consecuencias naturales de un entorno donde las reglas podrían cambiar cada año.


Frente a este panorama, México enfrenta un reto que va mucho más allá del tratado comercial.


La verdadera respuesta no puede limitarse a esperar la siguiente ronda de negociaciones con Washington. El país necesita fortalecer aquello que depende exclusivamente de sus propias decisiones: el Estado de derecho, la certeza jurídica, la infraestructura, la seguridad pública y la competitividad de sus instituciones.


También será indispensable acelerar una estrategia de diversificación comercial que durante décadas ha permanecido más en el discurso que en los resultados. Mientras cerca del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas sigan teniendo como destino Estados Unidos, cualquier decisión tomada en Washington seguirá teniendo la capacidad de alterar el rumbo de la economía nacional.


La lección es clara.


El mayor riesgo para México no sería la desaparición del T-MEC, sino que el acuerdo deje de ser un símbolo de estabilidad y se convierta en un instrumento de negociación permanente. Porque cuando la incertidumbre se institucionaliza, las inversiones no necesariamente se marchan de un día para otro; simplemente dejan de llegar.


Y en una economía que aspira a crecer, esa puede ser la diferencia entre aprovechar una oportunidad histórica o verla instalarse del otro lado de la frontera.


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