23 de Abril de 2026

De la inteligencia artificial generativa a la IA agéntica

Dr. José Luis Soto Ortiz
Tecnología y humanismo

| | 23 Mar 2026 - 11:29hrs

¡Cuando las máquinas dejan de responder y empiezan a actuar!


Recuerdo el año pasado cuando cambié de equipo de celular. Antes, eso implicaba un pequeño ritual: sacar el SIM físico, buscar la herramienta para abrir la bandeja, insertarlo con cuidado y listo. Pero esta vez fue distinto. Encendí el dispositivo y me pidió que acercara el teléfono anterior al nuevo para comenzar con la migración, sin retirar el SIM del equipo, el sistema me sugirió migrar a una eSIM. Acepté casi por inercia. En cuestión de segundos, el teléfono ya estaba conectado, configurado y funcionando.


Pero lo más interesante vino después. En ese proceso, el sistema no solo activó mi línea: firmó en la práctica, un cambio de contrato con la operadora en mi nombre. No revisé términos, no evalué implicaciones, no comparé opciones. Simplemente confié. La decisión ya venía empaquetada como la mejor alternativa, y yo solo hice clic.


Ese momento que parece trivial, dice mucho más. Nos muestra cómo estamos pasando de tecnologías que nos asisten a tecnologías que empiezan a decidir y ejecutar por nosotros.


Hace no mucho, nos sorprendía que una inteligencia artificial pudiera desarrollar escritos, dibujar una imagen o videos en cuestión de segundos. La Inteligencia Artificial Generativa llegó como una especie de magia: bastaba con pedir y la máquina respondía. Pero poco a poco esa sorpresa se ha ido transformando en algo más profundo y más interesante: ahora no solo responde, empieza a actuar.


Ahí es donde aparece la llamada IA agéntica. Ya no hablamos solo de sistemas que generan contenido, sino de aquellos que pueden tomar decisiones, ejecutar tareas y perseguir objetivos con cierto grado de autonomía, tal como lo realizan los coches autonómos. Es un cambio sutil en apariencia, pero profundo en sus implicaciones. Porque no es lo mismo una herramienta que escribe contigo que una que empieza a hacer cosas por ti… incluso en tu nombre.


Este paso no es nuevo en términos de ideas. De hecho, pensadores como Stuart Russell ya lo anticipaban en “Human Compatible: Artificial Intelligence and the Problem of Control”, donde insiste en que el verdadero reto nunca ha sido hacer máquinas inteligentes, sino hacerlas seguras y alineadas con lo que realmente queremos. Mientras la IA generativa todavía depende claramente de nosotros, la IA agéntica empieza a moverse en ese terreno más ambiguo donde la intención humana ya no está presente en cada paso.


Algo parecido ocurre con las advertencias de Nick Bostrom en “Superintelligence: Paths, Dangers, Strategies”. Aunque sus escenarios pueden parecer lejanos, su idea central sigue siendo incómodamente vigente: sistemas muy capaces pueden hacer exactamente lo que se les pide… pero no necesariamente lo que esperábamos. Y cuando esos sistemas no solo sugieren, sino que ejecutan, el margen de error deja de ser teórico.


Sin embargo, no todo es preocupación. También hay algo profundamente prometedor en esta evolución. Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, en “The Second Machine Age”, hablaban de cómo las tecnologías digitales no solo automatizan tareas, sino que transforman la manera en que trabajamos. La IA agéntica parece confirmar esa intuición: no viene solo a quitarnos trabajo, sino a cambiar nuestra relación con él. Tal vez dejemos de hacer ciertas cosas, pero empezaremos a diseñarlas, supervisarlas, cuestionarlas.


Sin embargo, no podemos desapercibir la dimensión del poder. Shoshana Zuboff, en “The Age of Surveillance Capitalism”, ya advertía que las tecnologías que manejan datos también moldean comportamientos. Si ahora además actúan, la pregunta se vuelve más delicada: ¿quién decide qué hacen estos sistemas y en beneficio de quién?


En medio de todo esto, propuestas más recientes como la de Ethan Mollick en “Co-Intelligence: Living and Working with AI” invitan a pensar la relación no como una sustitución, sino como una colaboración. Quizá el punto no sea que la IA actúe sola, sino entender cómo actuamos con ella. Cómo compartimos decisiones, cómo mantenemos criterio, cómo no delegamos más de lo que deberíamos.


Y es que, en el fondo, la transición de la inteligencia artificial generativa a la agéntica no es solo un avance tecnológico. Es casi un cambio cultural. Nos obliga a hacernos preguntas incómodas: ¿cuánta autonomía estamos dispuestos a ceder?, ¿qué significa “controlar” algo que aprende y decide?, ¿en qué momento dejamos de usar herramientas y empezamos a convivir con agentes?


Quizá lo que estamos presenciando no sea simplemente una nueva etapa de la tecnología, sino el inicio de una era donde la inteligencia deja de ser exclusivamente humana para convertirse en un ecosistema compartido. Pero tal vez el verdadero cambio no esté en la tecnología, sino en nosotros. Porque si antes la pregunta era “¿qué puede crear la inteligencia artificial?”, ahora empieza a ser otra, mucho más directa y difícil de esquivar: ¿qué estamos dispuestos a dejar que haga en nuestro nombre? En esa respuesta no solo se define el futuro de la IA, sino también el alcance de lo que estamos dispuestos a ser...!!!