23 de Abril de 2026
![]() | Dr. José Luis Soto Ortiz Tecnología y humanismo |
| | 21 Abr 2026 - 08:52hrs
La inteligencia artificial generativa ya no es una promesa futura en la educación superior mexicana: es una práctica cotidiana. En el reciente reporte publicado por la SEP acerca de La Encuesta Nacional sobre Usos y Percepciones de la Inteligencia Artificial Generativa lo confirma con claridad: más del 60% de estudiantes y docentes utiliza estas herramientas de manera habitual, y cerca de ocho de cada diez estudiantes las emplea para generar textos académicos.
Pero el dato verdaderamente inquietante no es el uso. Es la naturalidad con la que ese uso ha sido absorbido.
Lo que está ocurriendo en las universidades no es simplemente la adopción de una nueva tecnología. Es algo más profundo: una transformación silenciosa del acto de aprender. Cuando un estudiante delega en una máquina la escritura, el análisis o incluso la estructuración de sus ideas, la pregunta deja de ser qué sabe, y pasa a ser qué proceso cognitivo realmente le pertenece.
Este fenómeno no es exclusivo de México. El Educause QuickPoll de 2023 ya advertía que más del 70% de estudiantes universitarios en Estados Unidos utilizaba herramientas de inteligencia artificial en sus tareas académicas. De forma similar, el Global AI Student Survey del Digital Education Council (2024) muestra que el uso es masivo, pero la comprensión de sus implicaciones sigue siendo limitada. Estamos, en términos simples, frente a una generación que usa más de lo que entiende.
Y ahí radica el problema.
Autores como Neil Selwyn han señalado que la tecnología educativa suele incorporarse bajo una lógica de “adopción acrítica”, en la que las herramientas se integran sin transformar de fondo las prácticas pedagógicas. En el caso de la inteligencia artificial, esta advertencia adquiere un peso mayor: no estamos frente a una herramienta auxiliar, sino ante sistemas capaces de producir conocimiento verosímil. Y lo verosímil, en educación, puede ser más peligroso que lo falso.
El propio informe ENIAG introduce una duda para el debate: ¿siguen siendo los textos un indicador válido del aprendizaje? Si la producción académica puede ser generada por inteligencia artificial, entonces evaluar productos deja de tener sentido. Como ha señalado la UNESCO en sus lineamientos recientes sobre inteligencia artificial en educación, el reto no es incorporar la tecnología, sino replantear qué significa aprender en un entorno donde el conocimiento es asistido por sistemas automatizados.
A esto se suma un vacío institucional difícil de ignorar. Más del 70% de estudiantes y docentes en México declara no conocer lineamientos claros sobre el uso de la inteligencia artificial. El sistema educativo, en consecuencia, no está guiando el uso de la tecnología: está reaccionando a él.
Mientras tanto, la inteligencia artificial comienza a ocupar espacios que antes eran exclusivamente humanos. El informe documenta que miles de estudiantes recurren a estas herramientas para apoyo emocional: para desahogarse, buscar motivación o sentirse escuchados . Este dato dialoga con estudios recientes en bienestar digital, donde se observa un aumento en el uso de sistemas conversacionales como sustitutos parciales de interacción humana. Más que una innovación, esto revela una carencia.
La universidad, históricamente concebida como espacio de formación crítica, enfrenta hoy una disyuntiva silenciosa. Puede limitarse a integrar herramientas o puede cuestionar el sentido mismo de sus prácticas. Porque si aprender ya no implica necesariamente pensar, escribir o analizar por uno mismo, entonces la pregunta no es cómo usar la inteligencia artificial, sino qué queda de la educación cuando pensar deja de ser indispensable.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para producir conocimiento, ni tanta facilidad para delegar procesos que antes definían la experiencia de aprender. En este nuevo escenario, donde la inteligencia artificial no solo acompaña sino que interviene en la construcción del pensamiento, la conducta y hasta las decisiones, la pregunta ya no es tecnológica, sino profundamente humana: ¿estamos formando sujetos capaces de pensar con autonomía en un entorno mediado por máquinas, o estamos transitando —sin advertirlo— hacia una educación donde pensar deja de ser una condición necesaria para aprender?.