18 de Mayo de 2026

La romantización de la productividad extrema

Dr. José Luis Soto Ortiz
Tecnología y humanismo

| | 17 May 2026 - 12:37hrs

Cuando el agotamiento se convirtió en símbolo de éxito


Hubo un tiempo en que descansar era normal. Hoy parece un privilegio. Vivimos en una época donde estar cansado se convirtió casi en una medalla de honor. Dormir poco, responder correos a medianoche, trabajar fines de semana y vivir permanentemente ocupado ya no son señales de desequilibrio, sino pruebas sociales de ambición. Como si el valor de una persona pudiera medirse por su nivel de agotamiento.


La productividad dejó de ser una herramienta para alcanzar bienestar y comenzó a transformarse en una identidad. Ya no basta con trabajar; ahora también hay que demostrar que se trabaja más que los demás. Las redes sociales están llenas de rutinas imposibles, gurús del rendimiento y discursos motivacionales que venden la idea de que cada minuto debe ser aprovechado. Levantarse a las cinco de la mañana, convertir hobbies en negocios y monetizar cualquier talento parecen requisitos mínimos para sentirse válido en el mundo contemporáneo.


Y lo más inquietante es que esta presión ya no viene solamente de empresas o jefes. La llevamos dentro. Nos vigilamos solos. Nos culpamos cuando descansamos. Sentimos ansiedad cuando no somos “productivos”. El filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman describía esta modernidad como una época líquida e inestable, donde las personas viven con el miedo permanente de quedarse atrás. Modernidad líquida Y quizá por eso corremos tanto: porque sentimos que detenernos equivale a desaparecer.


El problema es que nadie puede vivir eternamente en modo supervivencia. El cerebro humano no fue diseñado para rendir sin pausa. Necesita silencio, aburrimiento, ocio, tiempo perdido. Muchas de las mejores ideas de la historia nacieron precisamente en momentos de descanso, no de saturación. Pero la lógica actual convirtió incluso el tiempo libre en una obligación productiva. Ya no descansamos: “optimizamos” el descanso. Las consecuencias están por todas partes. Ansiedad, burnout, fatiga emocional y una sensación constante de insuficiencia atraviesan a millones de personas. En 2019, la Organización Mundial de la Salud reconoció oficialmente el burnout como un fenómeno asociado al estrés laboral crónico. OMS sobre burnout Pero más allá de los diagnósticos, existe algo todavía más profundo: una generación entera aprendió a sentirse culpable por detenerse.


Entonces ocurre algo extraño. Mientras más obsesionados estamos con producir, menos capaces parecemos de disfrutar la vida que supuestamente estamos construyendo. Trabajamos para tener tiempo, pero nunca tenemos tiempo. Buscamos éxito para sentir libertad, pero terminamos esclavizados por la necesidad de rendir constantemente.


El sociólogo Richard Sennett advertía que el capitalismo moderno produce individuos obligados a reinventarse permanentemente para no sentirse descartables. La corrosión del carácter Tal vez por eso tantas personas viven agotadas: porque sienten que, si dejan de moverse, el mundo las reemplazará. Pero hay algo profundamente humano que ninguna cultura de productividad podrá eliminar del todo: la necesidad de vivir con sentido y no solo con rendimiento. Porque una persona no vale por la cantidad de correos que responde, ni por las horas que trabaja, ni por cuántas metas cumple antes de los treinta. Hay vidas aparentemente “improductivas” que están llenas de amor, arte, memoria, conversación, amistad y belleza. Y quizá eso también sea éxito, aunque el algoritmo nunca lo premie.


Tal vez hemos confundido movimiento con propósito. Tal vez el verdadero lujo contemporáneo no sea el dinero, sino la capacidad de detenerse sin culpa. Mirar el cielo sin revisar el teléfono. Compartir una comida sin pensar en productividad. Leer sin resumir. Caminar sin prisa. Dormir sin remordimiento. Porque al final, nadie recordará cuántos correos enviamos a las dos de la mañana. Nadie hablará de nuestras métricas de rendimiento cuando ya no estemos aquí. Lo único que realmente permanece son los momentos en los que fuimos capaces de sentirnos vivos.


Y quizá la forma más radical de resistencia en este tiempo no sea trabajar más, sino recuperar el derecho a existir sin tener que demostrar constantemente que somos útiles.

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